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10 diciembre 2016
21:04
Eduardo Segura Espí

Que ochenta años no es nada

| 26-07-2016 | facebook twitter

Flanqueados por una algarabía de inocuas frases pronunciadas por engreídos políticos –o politicastros- y sabios de tertulia, metido en el carrusel de la memoria, la amnesia y la falaz desmemoria histórica, cumplidos ahora los ochenta años del inicio de nuestra última incivil guerra, recuerdo que mis dos abuelos, que eran amigos y de semejantes idearios, hasta el punto de ser los dos canalejistas declarados, no obstante tras los avatares de los años veinte desembarcó mi abuelo Federico en la Derecha Regional, de adscripción monárquica, y Eduardo simpatizó más con las ideas de una moderna república. Así las cosas con el tan cacareado “democrático frente popular”, pronto en el verano de 1936, a mi abuelo Federico lo detuvieron, entre otros gravísimos cargos por haber asistido a una comida con José Mª Gil-Robles y leer el ABC, y Eduardo, liberal y republicano convencido, poco después del apresamiento de su amigo, en vista del cariz que tomaron los acontecimientos, optó por resguardarse en una casita en “Els Algars”, de donde no regresó hasta finalizada la desdichada contienda.

A Federico lo encerraron en el edificio de las Madres Esclavas –aquel de esquina San José y Goya-, convertido graciosamente en cárcel política, y de donde, según el devenir de los eventos, que regularmente no solían traer buenas noticias para los autoproclamados custodios de la república, de vez en vez llevaban a cabo lo que se denominaba “sacas”, que sencillamente consistían en que a media noche, sin aviso previo y al buen tuntún, despertaban a unos cuantos presos que al día siguiente solían aparecer por alguna cuneta, las cosas no daban para más. Ante tal divertimento la familia trató de que a Federico lo trasladaran a la cárcel de Alicante, donde había buen número de alcoyanos, todos ellos acusados de tan monstruosos delitos como los de mi abuelo o más, lo que con algo de paciencia consiguieron.

Lo más chocante de la estancia de mi abuelo en la habilitada prisión de las Esclavas, -que nos lo contaba con cierta gracia-, era que la familia se valía de un carcelero amigo, que le llevaba recados y algún paquetito de comida, por lo que muchas noches, a eso de las tres de la madrugada, en pleno sueño, mi abuelo oía que le abrían la puerta de la celda, automáticamente los cataplines se le confundían con las amígdalas, e inmediatamente la voz del buen carcelero decía “¿don Federico vol algo?”, los dídimos volvían a su sitio y mi abuelo respiraba tranquilo, “pase, pase”.

En abril de 1939 mis dos abuelos se dieron un fuerte abrazo, descorcharon una botella de buen coñac, y en diciembre, de ese mismo año, se casaron mis padres. Valga este retazo de vida como verídica cuña de memoria histórica, pues al fin y al cabo ochenta años no es nada. ¿O sí?