Actualizado:
22 octubre 2017
21:35
José Antonio Blanes

El otoño que hierve

| 27-09-2017 | facebook twitter

Estas “hazañas” preocupantes de lo que sucede ahora en el planeta dan pie para un pronunciamiento del pesimismo. Pasado el verano, como una tregua para disimular las aflicciones que se nos vienen encima, llega la estación otoñal que es como un despertar de lo que quedó atrás pendiente de una solución a su vencimiento respectivo. Siempre se ha dicho lo de “otoño caliente” como una persuasión al próximo quehacer cara al nuevo curso en la extensa actividad de lo político, que en definitiva es lo que interesa a la ciudadanía. Claro está que eran otros tiempos, quizás más bonancibles, otras preocupaciones, otras sensaciones más indulgentes, otros políticos más inteligentes, reflexivos y carismáticos que los que por desgracia ahora ocupan el poder de las naciones. No son personajes intranscendentes, porque ellos llevan el timón de sus naciones, la confianza instaurada de conseguir el bienestar para sus conciudadanos. Pero parece que a estos líderes no les va ese código de pretendida armonía para el personal. Ellos llevan en su mente el temblor y el delirio de su poder como un anhelo poseído de triunfador en la más absoluta de las egolatrías.

Ahí están los fragantes personajes que nos inquietan: Donald Trump que desde la Casa Blanca pavonea sus tronados mensajes de guerra y fuego al dictador coreano Kim Jong-un, en ese enfermizo alarde de pruebas nucleares que hacen estremecer de miedo a todos los mortales temerosos de una catástrofe mundial. Han aparecido estos gobernantes con la fuerza despampanante de un populismo hortera y trivial y quedan inmersos dentro de una locura deleznable que hacen cada día aterrorizar la existencia con aspavientos de sorpresa a todos los que vivimos en la extensa superficie de este locol mundo.

Todo ese equivocado fundamento radica en que la gente otorga su confianza a estos desaprensivos mandamases que en su día inundaron de jolgorio, chabacanería y promesas sin sostén en todos los platós de las televisiones del país. Y la razón tiene su método y consecuencia en que la muchedumbre, quizás desilusionada de tanto sueño roto, siempre pregonando soluciones incumplidas por los políticos oportunistas, ha expresado en las urnas la fuerza de su único poder fortaleciendo el ego y las ansias vigorosas de un personaje de mala cabeza, altanero e ignorante que no sirve para tan gran responsabilidad que se le ha encomendado con tan peligroso desacierto. Es lo que suele pasar en estos tiempos de confusión que están colgados en el origen de las precipitadas decisiones. Por lo que se puede observar, según las estadísticas, cada vez es inferior el porcentaje de los que a la hora de votar lo hacen con precisión e inteligencia al posible candidato, pues a los hechos nos remitimos, ya que tenemos que pensar en las probabilidades y en los posibles infortunios que puedan acarrear con todas las consecuencias de un voto mal estudiado. Ahora pertenece a ese dilema lo que pueda pasar en Cataluña con el dichoso referéndum por la independencia. Demasiado oleaje de confrontación. Y ahí tenemos al Presidente Carles Puigdemont que va explorando sus ansias en un posible martirio carcelario, o a don Mariano Rajoy que está alumbrando las jornadas extasiado en la orilla del sentido común, de la legalidad y de que los jueces decidan, y en medio de todo este dilema está la población que permanece dividida dentro de un marasmo de furia, desfilando atropelladas pasiones sin pensar en las consecuencias que puedan llevarse a cabo. Los líderes populistas cuentan en los mítines historias felices de independencia para convencer al electorado. Todo menos dar una explicación concienzuda. Que se entere el ciudadano del por qué de su ilegalidad y de las tribulaciones que arrastrará a la población la independencia cuestionada: el desamparo en lo político, en la sociedad que es convivencia y en lo económico que es la base primordial para el bienestar que todos pretenden. Y es que se hace demasiado caso a un populismo envolvente que quiere buscar una felicidad que no existe. Solo los que organizan este desaguisado plan se sienten fortalecidos esperando los momentos de gloria. Lo único que están logrando es estar en la línea de esa mística arrogante de la desobediencia al poder. Y con ello los líderes independistas ya se sientan dichosos en este otoño que con estas situaciones alarmantes de tanto político desquiciado hierve con demasiado furor.

El nostre ciutat