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23 mayo 2018
20:22
José Antonio Blanes

La tregua del año nuevo

| 17-01-2018 | facebook twitter

Ahí se queda el año viejo, arrinconado en la antigua hoja del almanaque como algo que ha transcurrido. Tantos sucesos de ayer que ya llegan a ser surco de lo efímero, el recuerdo postrado a la voluntad del olvido, cuando es menester desechar las circunstancias difíciles de los días que han sido atravesadas por ingratitudes y desvelos, o sentirse ufano ante la pizca de la alegría que se ha asomado, de vez en cuando, en alguna jornada de luz, que de todo se ha vivido en la intensidad de los doce meses pasados, pues al fin de las consecuencias son abundancia de historia o relatos postreros para ejercitar el espacio de la memoria.

Y aquí está el año nuevo que surge en los primeros días de enero con la impaciente interrogación de un futuro inmediato. La inmensa mayoría de la gente que es civilizada y cortés, te lanza el augurio como una letanía petrificada con el fin de desearte felicidad y la próspera riqueza para el devenir de las fechas que vendrán. Es la palabra de un aspirado sueño que se pronuncia departiendo alegría y dinamismo como un toque de armonía al final del año, con las luces arrastrando de color la estética de las calles y los brindis que se han pronunciado con la gramática de los buenos deseos como una alternativa de afirmación feliz para los mortales.

Pera la realidad más absoluta está en que todo pasa ante ese acogerse a la ilusión instaurada para así alegrar por unas horas la existencia del personal. Se aclama con el mito los deseos, se despliega una sensación balbuceante de alegría, repartiendo plácemes y besos brindando con el sentimiento pleno de una fiesta abrazada en esas horas de la noche en que todo se compensa como un anticipo para que el año sea beneficioso y gratificante; que los trescientos sesenta y cinco días estén forjados de buenas sensaciones en los entornos agradables y que el tiempo sea un vínculo de placer y buena compañía para así aliviar lo terrenal del vivir con más holgura.

Vuelan casi siempre las mismas aspiraciones en la última noche del año. Y es que todo está establecido: se arranca la hoja del calendario y con la alegría balbuceante del entorno cada criatura va perfeccionando en su interior un sueño. Por lo menos sirve como una tregua para así disipar la frialdad y el desamparo que sufre esta civilización que busca la felicidad con ahínco, tan abrumada como está por su fatal infortunio en un tiempo gris y surrealista como esperpéntico, sacado de la brillante prosa de Valle Inclán en nuestros días. Por ejemplo.

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