Actualizado:
23 mayo 2018
18:05
Bartolomé Sanz Albiñana

Máster en escepticismo universitario

| 04-05-2018 | facebook twitter

Como es sabido, las universidades europeas nacieron en la Edad Media y, en algunos aspectos, continúan ancladas en ese periodo. El vasallaje, la devolución de favores, el amiguismo, el encubrimiento y la endogamia son buenos ejemplos de esos aspectos anacrónicos que aún perduran. Sin padrino es muy difícil medrar en esa institución. Yo prefiero la palabra “constructo” para referirme a ella. La Iglesia, dicho sea de paso, es la madre de todos los constructos, el constructo ancestral por excelencia y en donde para ascender o subir de escalafón se necesita incluso la mediación del Espíritu Santo. En la Universidad no hace falta tanto; de todos modos, algunos profesores se jubilan sin haber podido alcanzar la categoría de catedrático tras una vida de sacrificio, de publicaciones en revistas de su especialidad, sexenios de investigación y un montón de libros. Algunos afortunados pasan a engrosar el cupo de catedráticos eméritos. La vida académica seria es una carrera dura, reconozcámoslo.

Volvamos al “constructo”. Si no están familiarizados con ese palabro o no les gusta, no importa; pueden quedarse con “artefacto”, que también transmite la idea de maquinaria pesada y de difícil control, diseñada con magistral estrategia a lo largo de los siglos. La Universidad de hoy ha llegado a tal punto de sofisticación que el poder de turno se reserva tácitamente el derecho a crear universidades para colocar a muchos de los suyos. Cuando, en el pasado, empezó esta práctica fruncí el ceño y sonreí, porque siempre había creído que la Universidad no podía casarse con ningún poder de turno y que era ajena a tejemanejes, chanchullos, mercadeo y regalo de titulaciones, es decir, que estaba vacunada contra la corrupción y a nadie se le pasaba por la imaginación la posibilidad de conseguir una titulación fraudulenta.

Hoy en día, cualquiera que haya tenido contacto con la Universidad, más allá de ir a clase, examinarse y graduarse, sabe bien de lo que hablo. Hablo de un curriculum oculto. Cualquiera que haya olfateado mínimamente un departamento universitario habrá olido un tufillo rancio que ayuda a comprender no solo este guirigay de los másteres que estamos sufriendo estos días, sino también las envidias, maledicencias y “cariño” que se profesan sus miembros. No digo que todos los departamentos estén cortados con el mismo patrón. Afortunadamente no es así. Además, la Universidad tiene otras entelequias, más allá de los departamentos.

En la situación que nos tiene entretenidos desde hace unas semanas y en la que supuestamente ha habido irregularidades graves para la obtener algunos másteres, es necesario llegar hasta el fondo y que ruede alguna cabeza si tiene que rodar, de lo contrario la Universidad, como estructura de poder, perderá el prestigio que debe tener y se convertirá en una institución tocada que otorga títulos con dudoso valor académico y que en muchos casos solo sirven para alargar las filas de las oficinas del paro.

Ha llegado el momento de que todas las partes implicadas aparquen la estrategia consabida de la ignorancia, es decir, ese escudo auto-protector que lleva grabado el lema: “Es que yo no sabía”. Todo aquel que hace un posgrado debería llevar al día un “research diary” conteniendo no solo los pasos de la investigación sino también otros “insight gained” o conocimientos adquiridos: los efectos colaterales de la experiencia vivida, los contactos con los diferentes profesores y sus obsesiones, los títulos de los trabajos, y, por supuesto, los días que se asiste y se falta a clase. La memoria es muy traicionera.

Con el espectáculo que estamos viviendo lo que la Universidad está haciendo en estos momentos es impartir un máster gratuito a todos los españoles en escepticismo universitario que tendrá la duración de lo que se tarde en solucionar esta maraña, pero, claro, al mediar la política este máster puede tener una duración indeterminada.

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