Actualizado:
21 abril 2018
22:45
Bartolomé Sanz Albiñana

Preocupaciones

| 04-04-2018 | facebook twitter

Me decía un amigo que no sabe nada de mindfulness y no muy ducho en nuevas tecnologías y otras moderneces —de los que confunden streaming con roaming; es decir, una persona normal—, que no entendía muy bien eso del pensamiento positivo, ya que últimamente no le iban muy bien las cosas; atravesaba un momento en el que los planetas parecían alineados en su contra y tenía la negra. Me decía que por más que cantara por las mañanas el “Always look on the bright side of life” de los Monty Python, la nube continuaba ahí y que de ningún modo veía una luz al final del túnel por más que le repitieran continuamente esa frase de consuelo. No es para menos cuando te quedas sin trabajo y tienes hipotecas. Bueno, eso no ayuda precisamente a hinchar tus pulmones de optimismo, y aunque sin duda eso contribuía a su situación actual, no era lo que le quitaba últimamente el sueño.

Lo suyo tampoco tenía que ver con encontrar una solución al embrollo catalán, al futuro de las pensiones, a la violencia de género, al maltrato infantil o al calentamiento global. Todo eso lo dejaba en manos de quienes cobraban una vez les habíamos votado —¡además, los cursos de mindfulness y pensamiento positivo van incluidos en sus haberes!—. Lo suyo era algo mucho más terrenal. El colegio al que llevaba a su hijo estaba inmerso en un programa de pensamiento positivo y hasta las programaciones de los profesores se habían imprimido en papel de color rosa. Mi amigo estaba confundido porque su hijo, un hijo normal de padre y madre normales, últimamente venía todos los días a casa comentando que todos los profesores le decían que era muy inteligente y le animaban a superar los problemas a los que los escolares se enfrentan todos los días: los polinomios, las faltas de ortografía, los deberes medio hechos y la tabla periódica de los elementos. El niño decía que el tutor les había informado de que en una adición al reglamento de régimen interno del centro habían quedado abolidas palabras como “tonto” o “bolonio”.

El colegio había aprobado por unanimidad en un consejo escolar la implicación transversal de todas las materias curriculares en un programa de pensamiento positivo —afectando incluso al personal de administración y servicios—, firmemente convencido de que los resultados iban a ser mejores a medio plazo. ¡Eso es el pensamiento positivo! El pensamiento positivo tiene mucho que ver con la fe, con el optimismo, con el afán de superación, con el “yes, we can” y con el espejismo de un futuro mejor en el horizonte. En otras palabras: ver el sol aunque las nubes amenacen lluvia.

Mientras hablábamos de estas cosas yo saqué a colación una preocupación que todos tenemos a medida que nos hacemos mayores y a la que no conseguía yo aplicarle el pensamiento positivo en boga: la del miedo a quedarte en la calle sin nada, a convertirte en un extraño en tu propia casa, el miedo a no tener el sustento necesario (alimentación, vivienda y abrigo) para sobrevivir, el miedo a perder la dignidad, o la autoridad paterna; el horror, en fin, a ser suplantado por los jóvenes, en aplicación de la implacable ley de la vida que llega antes de que uno se lo espere. Un miedo que ya experimenté de joven cuando leí por primera vez El rey Lear, y más tarde reviví en algún párrafo de un libro de Stephen Greenblatt titulado Aprendiendo a maldecir. Siempre hay un momento en que el pensamiento positivo se torna escalofrío, y nuestra sonrisa, escéptica.

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