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21 octubre 2017
12:42
Manolo Solbes Arjona

¡Qué risa!

| 01-09-2015 | facebook twitter

Voy a intentar describir la realidad como si fuera un cuento o una anécdota en el comportamiento social del momento, para averiguar si las palabras conducen con toda honradez al lugar donde la verdad se coordina con la cultura y, así, matizar en lo posible esa fisura que se ha producido entre el conocimiento y su verificación particular. Bueno, el cuento puede esperar y por lo tanto me remito antes al prolegómeno de la historia.

Señores y Señoras, o cualquiera que en este momento me esté leyendo con naturalidad y desparpajo, la cosa fue así: Por Internet vía Facebook, una señora, seguramente de la estirpe de la mesa camilla con mantel de macramé cultureta y alto nivel perogrullo, soltó un anatema contra un magnífico mural (no graffiti, pues por lo visto no distingue entre un concepto y otro) pintado al óleo sobre una pared, en la Ermita de San Cristóbal de Alcoy, llamándolo “horroroso” y conminando al Ayuntamiento para que lo eliminara. El texto, de una profunda ignorancia, falto de conciencia artística e insultante, ponía en entredicho la libertad estética de un creativo que para mí es un ejemplo digno de admiración por su entrega, mística y dureza personal al afrontar el Arte y sus consecuencias. Después hizo otro comentario más extenso dándoselas de conocedora de los graffiti y poniendo como ejemplo uno que hay en un parvulario, bien realizado, sí, con su perrito Milú y todo, pero que por nada del mundo pertenece a ese colectivo de creadores anónimos que han puesto de cara a la pared a numerosas galerías, bienales, ferias de arte, por la espectacularidad de su puesta en escena, y sus artistas son ahora reconocidos como geniales, por supuesto no todos, los hay realmente ensuciaparedes, pero los buenos son muy admirados y sus nombres circulan de boca en boca como líderes de la crítica social y determinantes en su proyección urbana.

“Si no es ilegal, no es Graffiti”: ése es el principio básico de sus creativos y, por lo tanto, hay que tomarlos tal como aparecen o desaparecen, sin tener, a cambio, un respeto comunitario. Por ejemplo, las pintadas sobre persianas de las tiendas o paredes de Keith Haring en N.Y. son buscados por los cazarecompensas pues valen más que el negocio entero. Hay más nombres: el famoso y anónimo “Banksy”, “el Niño de las Pinturas” en España, por no decir del muro de Berlín, y tantos y tantos ejemplos de la independencia creativa que cada ciudad soporta o auspicia según sea su nivel cultural.

Esta señora en su retruécano, malversación de los hechos, no tiene en cuenta la capacidad de acción de los artistas para ir en contra de la estética manida o la decoración de parvularios. Sin embargo se otorga la clarividencia de defender su punto de vista como salvaguardia del ombligo provinciano y ataca con bastante histeria ese protocolo de unión entre el arte urbano y la libertad de expresión.

Ahora, vamos al cuento. Había una vez un pintor pasional, de esos empecinados en seguir el rastro colorín, espartano, camarero en los fines de semana para mantenerse, con tan gran cantidad de cuadros que no tenía más remedio que comprárselos él mismo. Nadie le hacía caso, como a la mayoría de nosotros, en esta ciudad hostil con los artistas, desde Cabrera a Alejandro Soler, desde Castañer a Ismael Belda, de Mila Santonja a mí, todos sufrimos el expolio e indiferencia de nuestras obras.

En el pico más alto del llamado Preventorio, hay una mínima Ermita, secularmente abandonada, agrietada y, durante muchos años, pasto de las musarañas. Algunos jubilados le han dado un poco de marchilla pero el abandono es evidente. Era invierno duro, ése pintor se enamoró del sitio. Por las noches, a pie, cargado con una mochila y los materiales de pintura, óleo, aguarrás, pinceles, en solitario y durante muchas noches, pintó dos murales que, bajo mi punto de vista, es decir, de un profesional con más de cincuenta años de experiencia, son de un misticismo que se conmueve el alma al verlos tan cargados de amor.

Allí se pasaba las horas, solitario, con una linterna, en plena comunión con la naturaleza y por eso su obra está recargada de espiritualidad, belleza e ingenuidad. Parece un mural de una iglesia románica. Carente de oropeles y magnético, te recibe cuando entras y parece decir ¡Hola!, y al salir : “Vuelva Ud. pronto”.

Al amanecer, los pajaritos se asomaban a la balaustrada y sus trinos eran aplausos para el beato pintor. Así son las cosas. Con sus propios medios pagó los murales, con sus pies subió hasta las alturas y con sus manos realizó el trabajo de decorar esa ermita de la cual nadie quería saberse nada, excepto unos jubilados que también por cuenta propia intentaban mantener el sitio en condiciones al menos amables. Pero claro, la belleza espiritual, la ingenuidad, la naturalidad, también tienen sus enemigos y una inconsecuente lo llamó mamarracho y horroroso, instando al Ayuntamiento a quitarlo, a borrarlo, sin consideración al trabajo, al regalo de un artista a todo un pueblo indiferente que solo sabe denunciar, protestar por las paredes sucias, insensible al porqué de esa acción que señala a todo un colectivo social sin una perspectiva cultural basada en la libertad y la genialidad. El pintor se fue a trabajar a Barcelona para ahorrar dinero y poder seguir pintando en Alcoy. Allí le llegó el estrafalario texto de la, para más perplejidad, “monitora de yoga” que todavía no ha comprendido el amor a los demás. El pintor se enfadó muchísimo y le soltó un: “Si tocan el cuadro, te cuelgo de la cruz”, lo cual es una barbaridad pero que traducido significa: “Te colgaré de la cruz en un cuadro que voy a hacer en honor tuyo”. Él no es culto, él no sabe expresarse adecuadamente y el sobresalto superó su entendimiento, por eso, se le debe perdonar ese comentario salido de la más absoluta indignación.

Sin embargo, la de la mesa camilla con tapete de macramé cultureta, se lo ha creído y va por ahí diciendo en plan ridículo: “¡Lo he denunciado, lo he denunciado!”.

Ese Pintor, al no ser un graffitero, se le puede llamar por su nombre y apellidos: Jesús Cees Faura. Es amigo mío y, en nombre de esa amistad, le digo: Cees, quédate en Barcelona, no vuelvas a esta ciudad donde no respetan a los artistas independientes que no estén homologados por la burguesía o el oficialismo. ¡Ya está!

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